La libertad cultural o libertad de expresión
No sólo hablamos de la cultura como fuente para la innovación o para la creatividad aplicada o no a la resolución de problemas, sino que lo que se hace fundamental en las sociedades actuales es la libertad cultural o libertad de expresión
Ella, es la única responsable de que los individuos puedan vivir una vida plena, eligiendo su o sus identidades, viviendo su religión, hablando su lengua,…
Sin embargo, la libertad cultural, no debe entenderse desde la defensa de valores y tradiciones estáticas, sino que “debe consistir en ampliar las opciones individuales, en la medida que las personas cuestionan, adaptan y redefinen sus valores y prácticas ante el cambio de la realidad y el intercambio de ideas” (PNUD, 2004:4).
En relación a esta propuesta algo “utópica” debemos repensar el importante papel que las políticas culturales y las industrias culturales pueden jugar en fomentar la libertad cultural. Nos preocupa, una vez más, el hecho de que en un mercado como el nuestro, dirigido por la oferta y la demanda, existan especialistas en el llamado marketing cultural, que se dediquen a “identificar, prever y satisfacer” las necesidades del consumidor o usuario “de forma beneficiosa para este último y para la propia oferta” (Gómez de
Quizás no esté demás recordar a Adorno cuando recalcando la enorme importancia que éstas (las políticas y las industrias culturales) tienen, en la formación de la conciencia de los que la consumen (CF. Adorno, 2003: 101), nos presenta el lado más negativo de la industria cultura: “ella impide la formación de individuos autónomos e independientes, capaces de evaluar con conciencia y tomar decisiones” (Op.cit.106). O cuando hablando del imperativo de las industrias culturales afirma que “gracias a la ideología de la industria de la cultura, la conformidad ocupa un lugar en la conciencia; y nunca el orden del que brota es confrontado con lo que proclama ser o con los intereses reales del ser humano” (Op. cit.:104).
Como vemos, este peligro que supone una industria cultural alejada de ideales éticos y humanísticos, es un factor de suma importancia a tener en cuenta a la hora de pensar en un desarrollo humano sostenible en el que la cultura sea factor y fin del desarrollo.
Ana María Barbero Franco

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