La libertad cultural o libertad de expresión

No sólo hablamos de la cultura como fuente para la innovación o para la creatividad aplicada o no a la resolución de problemas, sino que lo que se hace fundamental en las sociedades actuales es la libertad cultural o libertad de expresión

Ella, es la única responsable de que los individuos puedan vivir una vida plena, eligiendo su o sus identidades, viviendo su religión, hablando su lengua,…

Al recordar algunas de las ideas lanzadas a lo largo de estos últimos años en relación al desarrollo humano, podemos decir que este proceso consiste en alargar las opciones de los individuos con el fin de permitirles ser quien son y quienes pueden ser, desarrollando todas sus capacidades. De ahí que la libertad cultural se convierta en una de sus herramientas básicas, ya que significa dar a los individuos la libertad para elegir sus identidades sin excluir otras opciones importantes.

El siglo XXI, reclama como pilares de una sociedad civilizada y desarrollada la diversidad cultural y la libertad cultural (PNUD, 2004) y reconoce “la necesidad permanente de lograr un equilibrio entre el desarrollo económico, el desarrollo social y la protección del medio ambiente” (A/RES/59/227, 2005:2).


Sin embargo, la libertad cultural, no debe entenderse desde la defensa de valores y tradiciones estáticas, sino que “debe consistir en ampliar las opciones individuales, en la medida que las personas cuestionan, adaptan y redefinen sus valores y prácticas ante el cambio de la realidad y el intercambio de ideas” (PNUD, 2004:4).

En relación a esta propuesta algo “utópica” debemos repensar el importante papel que las políticas culturales y las industrias culturales pueden jugar en fomentar la libertad cultural. Nos preocupa, una vez más, el hecho de que en un mercado como el nuestro, dirigido por la oferta y la demanda, existan especialistas en el llamado marketing cultural, que se dediquen a “identificar, prever y satisfacer” las necesidades del consumidor o usuario “de forma beneficiosa para este último y para la propia oferta” (Gómez de la Iglesia, 1999:27). Esto, parece indicar, que sólo aquellas necesidades más superficiales serán tratadas por los sectores culturales, y existirá, evidentemente, una tendencia a dar aquello que la mayoría da por hecho que necesita, sin preocuparse por ampliar la conciencia de las personas sobre sus necesidades reales o ficticias. Precisamente este será uno de los grandes retos que debemos afrontar.

Quizás no esté demás recordar a Adorno cuando recalcando la enorme importancia que éstas (las políticas y las industrias culturales) tienen, en la formación de la conciencia de los que la consumen (CF. Adorno, 2003: 101), nos presenta el lado más negativo de la industria cultura: “ella impide la formación de individuos autónomos e independientes, capaces de evaluar con conciencia y tomar decisiones” (Op.cit.106). O cuando hablando del imperativo de las industrias culturales afirma que “gracias a la ideología de la industria de la cultura, la conformidad ocupa un lugar en la conciencia; y nunca el orden del que brota es confrontado con lo que proclama ser o con los intereses reales del ser humano” (Op. cit.:104).

Como vemos, este peligro que supone una industria cultural alejada de ideales éticos y humanísticos, es un factor de suma importancia a tener en cuenta a la hora de pensar en un desarrollo humano sostenible en el que la cultura sea factor y fin del desarrollo.

Ana María Barbero Franco

Prof. Auxiliar Instituto Piaget Viseu